El Penacho de Moctezuma, ¿historia o leyenda?

Basados en fuentes confiables, sabremos la realidad de este famoso artículo

Por: Alberto Ortega Gurza
2011-03-14
Penacho de Moctezuma
Agencias


Los habitantes del México prehispánico desarrollaron culturas mágicas. Los imponentes templos persiguiendo las nubes, las vestimentas multicolores, la pleitesía ante el poder maravilloso de las fuerzas de la naturaleza, la obediencia ciega hacia los gobernantes reverenciados como vicarios de los dioses, y la sabiduría derivada de la observación del cosmos, convirtieron a los mexicas en una de las civilizaciones preeminentes del mundo antiguo.

LA COINCIDENCIA MÁS GRANDE DE LA HISTORIA

Según los cronistas indígenas, diez años antes de la llegada de los conquistadores españoles sucedieron "hechos fatídicos o prodigiosos" que, de acuerdo con su religión, fueron verdaderas predicciones que confirmaban la tradición de que Quetzalcóatl, octavo rey de los toltecas, tendría que regresar a reclamar sus tesoros y tomar posesión de su reino, tal y como él mismo lo había advertido cuando se fue de Tula en el año 999.

Tres años antes de la llegada de los españoles, Moctezuma II observó desde un mirador de su palacio el cometa que apareció en Tenochtitlán. El supersticioso tlatoani dedujo que Quetzalcóatl anunciaba su regreso.

La flota ibérica de once navíos al mando del capitán general Hernán Cortés zarpó de Cuba rumbo a Cozumel llevando 110 marinos, 518 infantes, 32 caballos, 14 cañones, ballestas, escopetas, falconetes y una nutrida jauría de perros rastreros.

En la primavera de 1519, Moctezuma recibió la noticia de la llegada de hombres barbados de piel blanca, montados en gigantescas bestias mitológicas nunca antes vistas (caballos).

Según consta en el Códice Florentino, cuando apareció Hernán Cortés, Moctezuma tenía la certeza de que se trataba ni más ni menos que de Quetzalcóatl. Y lo primero que hizo fue enviar embajadores llevando consigo tres conjuntos de atavíos diferentes, asociados con Tezcatlipoca, Tláloc y Quetzalcóatl.

Se dice que Cortés se mostró fascinado cuando lo acicalaron con las indumentarias de Quetzalcóatl. Esto acabó de confirmar los hechos y provocó el terror del emperador azteca, quién de inmediato inició los preparativos para cumplir cuanto antes con su obligación de devolver los tesoros. Quizá así lograría disuadir a Quetzalcóatl de ir a buscarlo.

Corría entonces precisamente en el año Ce Acatl (uno caña) del calendario indígena, fecha en que los aztecas esperaban el retorno de Quetzalcóatl. Para Cortés, esta increíble coincidencia fue como caída del cielo. Provocó que el capitán general fuese tomado por la temida deidad ?o su representante.

Tan raudo como veloz, Moctezuma llamó a Petlacalcatl, su real mayordomo, y le pidió que sacara las riquezas enterradas, precisándole: "Aquellas que nuestro señor Quetzalcóatl dejó, y desde entonces nosotros hemos guardado y protegido".

El monarca mandó limpiar, arreglar y reconstruir todas las joyas, insignias y atavíos que llevaban 520 años celosamente resguardados.

Los aztecas se consideraban representantes de Quetzalcóatl. Creían firmemente que si este hombre-dios volvía, tendrían que entregarle todo el poder y los tesoros del reino. "Moctezuma II era profundamente religioso y se mantenía a la altura de sus convicciones. Además del poder civil, como sumo sacerdote controlaba también la fuerza moral de su imperio", explica el especialista en culturas prehispánicas Luis G. Villarreal.

Los tesoros fueron entregados por un grupo de enviados especiales.

LA ODISEA

Actualmente calificado como un imponderable tesoro de los mexicanos, el penacho de Moctezuma fue tan sólo uno de los 158 regalos del gobernante azteca para Hernán Cortés, quien a su vez decidió enviarlos al gobernante Carlos V del Imperio Romano Germánico (Carlos I de España).

De entre los suntuosos obsequios, el penacho estuvo lejos de ser la pieza más apreciada. Los objetos más valiosos fueron un sol de dos metros de diámetro y 17 kilogramos de oro puro y otros discos preciosos representando a Venus y la Luna.

El acta notarial detallando los presentes, realizada el 5 de noviembre de 1519, se encuentra en la Biblioteca Nacional de Viena con el registro: Ser. Nova 1600 (hist. prof. 1200, olim. W 5279).

Sin algún resquicio de duda moral, legal o histórica, podemos afirmar que nada es ilícito sobre el hecho de que el gobierno austriaco tenga inventariada la plumífera joya como parte del acervo cultural exhibido en el Museo Etnológico de Viena.

De belleza inusitada, tiene una altura de 116 cm y un diámetro de 175 cm. Su centro está hecho con plumas azules del ave xiuh totol, y tejuelos de oro en forma de medias lunas con piedras preciosas. Sigue una zona rosa de plumas de tlauquechol y otra de plumas marrón de cuclillo, de donde sale una hilera de plumas verdes de quetzal de hasta 55 cm de largo, que suman más de 400 en total.

MOCTEZUMA NUNCA USÓ EL PENACHO

Ni Moctezuma ni los anteriores reyes aztecas utilizaban penacho. En cambio, para indicar su potestad, se ponían una especie de diadema o corona de lámina de oro llamada "copilli", símbolo del más alto poderío, y que según todas las referencias iconográficas, Moctezuma II portó desde el principio de su reinado.

Tenía al frente una parte puntiaguda hacia arriba y el corto amarre de atrás caía sobre el cuello.

Versiones de Moctezuma portando el copilli

Las evidencias indican que el penacho que Moctezuma mandó de regalo a Cortés fue un tocado de plumas de quetzal engarzadas en oro y piedras preciosas (quetzalapanecáyotl) de origen tolteca, no mexica, que fue elaborado para Quetzalcóatl, rey de Tula, o para alguno de sus sacerdotes a finales del Siglo 10. Por lo tanto, no está cumpliendo 500 años, sino mil.

Otros estudiosos defienden una teoría distinta. En la obra México a través de los siglos, el penacho se muestra al revés, y está descrito como "riquísima manta de plumas con adornos de oro". En el texto se explica que "en invierno, los altos dignatarios se cubrían la espalda con una especie de zamarro hecho de plumas".

El analista iconográfico Gerardo del Olmo asegura que por su tamaño, es imposible usar el supuesto penacho en la cabeza. Y en su libro Arte plumaria e industria del hilado de plumas entre los aztecas, el investigador y ornitólogo Rafael Martín del Campo señala que "el equivocadamente llamado penacho de Moctezuma es en realidad una capa de plumas preciosas (quetzalquémitl); una tilma, un atavío sacerdotal, religioso o ritual que portó algún sacerdote, y no el emperador de los mexicas".

LA PÉRDIDA DE LA INOCENCIA

A partir de que Moctezuma entregó los regalos a Cortés, el penacho viajó por el mundo y cambió de manos hasta terminar depositado en el Museo Etnológico de Viena.

La palabra "robo" ha sido utilizada en numerosas ocasiones para explicar la manera en que la pieza salió de México.

El investigador Patrick Johansson, del Instituto de Investigaciones Históricas (UNAM), considera absurda la creencia de que el penacho fue robado, "pues si algo nos han demostrado las evidencias, es que salió del territorio lícitamente". Asimismo, criticó los reclamos infundados, proferidos por políticos y supuestos nacionalistas.

"Estamos seguros de que perteneció a un sacerdote de Quetzalcóatl; tenemos muchas pruebas de ello", afirma el antropólogo mexicano el pasado 30 de enero.

En todas las crónicas indígenas y españolas donde aparecen las listas de los regalos enviados por Moctezuma, se menciona el penacho de largas plumas de quetzal con adornos de oro, que coincide con la insignia de alta jerarquía que usaba Quetzalcóatl, rey de Tula, sobre la cabeza, como lo muestra el Códice Durán del siglo 16.

En contra de los planes de Moctezuma, los obsequios únicamente inflamaron la ambición de los invasores que de inmediato avanzaron rumbo a Tenochtitlán con el firme propósito de enriquecerse.

Hoy en día resulta materialmente imposible comprender cómo estos hombres lograron atravesar selvas, montañas, bosques y desiertos del inmenso territorio desconocido en el que tenían que abrirse paso sin mapas, cargando el lastre de armaduras y artillería; siempre al filo del peligro y a expensas de las inclemencias climatológicas.

El sábado 8 de noviembre de 1519, los españoles hicieron su entrada a México-Tenochtitlán y se dio el gran rendezvous entre Moctezuma y Hernán Cortés.

El cronista Bernal Díaz del Castillo, quien estuvo presente, relató así la escena:

"Ya que llegábamos cerca de México, traíanle a Moctezuma del brazo grandes caciques. Otros muchos venían delante barriendo el suelo por donde había de pasar y le ponían mantas para que no pisase la tierra".

En su segunda Carta de Relación, enviada el 30 de noviembre a Carlos V, Cortés escribió las palabras con las que el emperador azteca lo recibió: "Vos tened por cierto que os obedeceremos y tendremos por señor [?] Y todo lo que nosotros tenemos es para lo que vos de ello dispongáis. Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa. Holgad y descansad".

El monarca del imperio más esplendoroso del México antiguo y el representante del emperador con mayor poder en el mundo occidental simbolizaban dos culturas incompatibles. Al encontrarse frente a frente, se estremeció la tierra bajo sus pies y la historia inhaló profundo antes de cambiar su curso para siempre.

El encuentro fue el principio del fin de las culturas prehispánicas, el ocaso de una era extraordinaria que duró 3,520 años.

Maravillados ante la majestuosidad de la gran Tenochtitlán, que tenía más habitantes que las grandes ciudades europeas y que estaba decorada por una tupida flora de verdes polintonales, los españoles llevaron a cabo la conquista del imperio azteca en medio de un escenario que más bien parecía parte de un sueño. Las descripciones que dejó Bernal Díaz del Castillo inmortalizaron aquel auténtico paraíso, tal y como fue encontrado por Cortés y sus hombres: "?Después de haber visto todo aquello fuimos a la huerta y jardín que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía y andenes llenos de rosas y flores y muchos frutales, y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce. Podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenían hecha sin saltar en tierra".

La vida de los mexicas era regida por motivos espirituales. Cada momento, cada acción y cada pensamiento estaban centrados en la trascendencia. Creían firmemente que el hombre era uno con el universo; y la muerte, abrazada con respeto y sin temor, era la razón de ser de la vida; el viaje que los llevaría al lugar merecido de acuerdo a la manera de perecer: en combate, parto, por enfermedad o causas naturales.

DEL ORIGINAL QUEDA CASI NADA

Alguien mostraba orgulloso el cuchillo que heredó de su abuelito. "La hoja estaba tan gastada que le mandé hacer otra", explicó, "y cuando se rompió el mango se lo cambié por uno nuevo; sólo la funda sigue siendo la misma. Aunque no quede casi nada del original, para mí, siempre seguirá siendo el cuchillo de mi abuelito".

El tiempo y las polillas devoran, especialmente si se trata de un material tan delicado como las plumas de aves preciosas. La mayoría de las que componían el penacho estaban desbaratadas. Además, las cuerdas del respaldo se encontraban flojas y la mayor parte de los discos y otros ornamentos de oro puro habían sido arrancados.

Las plumas originales perdidas no pudieron reintegrarse debido a que todos los pájaros existentes en el siglo 10 se habían extinguido. Para la restauración dirigida por Zelia Nuttal del Museo Peabody de Harvard a fines del siglo 19, únicamente las plumas de quetzal pudieron conseguirse, las demás fueron sustituidas por las de aves europeas, mientras que las piezas de oro fueron reemplazadas por réplicas de bronce.

Actualmente el penacho en poder de Austria es como aquel cuchillo del abuelo.

Civiles y políticos mexicanos han realizado múltiples esfuerzos para lograr que las autoridades austriacas cedan ante la insistencia y lo devuelvan a su país de origen. El danzante prehispánico Ixokonoschtletl Gomora ha dedicado 25 años de su vida a la labor. "No volveré a México hasta no lograr que regrese el penacho", dice determinado. "Ésta es mi misión en la vida". Entre sus gestiones, organiza marchas por las calles europeas, opera páginas web, ha recabado miles de firmas, e incluso llegó a reunirse con el Papa Juan Pablo II.

Aparentemente, este "conchero" nunca ha recibido apoyo económico del gobierno mexicano. Aquí la pregunta obligada es: ¿De dónde obtienen ?él y sus colaboradores? los recursos para mantenerse indefinidamente viviendo en Europa, llevando a cabo tan vasta y visible labor?

Si la pieza llega a México, se deberá sobre todo a este obseso personaje que ha hecho del tema, noticia constante.

ELLOS LE PUSIERON EL NOMBRE

Las propias autoridades del Museo Etnológico de Viena fueron quienes denominaron la pieza como "penacho de Moctezuma" (Kopfschmuck Moctezumas). Pero ante las evidencias que descartan la posibilidad de que haya sido utilizado por el emperador azteca, la placa descriptiva colocada en donde se exhibe fue sustituida por otra con la leyenda: "Antiguo tocado mexicano de plumas para la cabeza" (Altmexikanischer Federkopfschmuck).

Hoy, después de varios años de conversaciones entre autoridades museísticas y gubernamentales mexicanas y austriacas, finalmente se habla de un posible acuerdo; se trata de un préstamo temporal, un intercambio.

"El conocido como penacho de Moctezuma jamás perteneció al emperador azteca", admitió el 16 de enero de este año Sabine Hagg, directora general del Museo de Historia del Arte de Viena (Kunsthistorischen). "No se le puede poner en relación directa con Moctezuma, pero entendemos que para los mexicanos es un objeto de profundo significado espiritual".

NOS PIDEN "LAS PERLAS DE LA VIRGEN" A CAMBIO DEL PENACHO

Dando muestras claras de que Austria está interesada en materializar el intercambio lo antes posible, la directora del museo insistió: "Esperamos pronto recibir la petición oficial de México para saber más sobre las intenciones que tienen nuestros colegas al respecto". Ese mismo día, el diario Kronen Zeitung informó que, después de largas décadas de negativas, el secretario de Relaciones Exteriores, Michael Spindelegger, está de acuerdo con la transferencia de la pieza a nuestro país.

Conscientes de la obsesión de los mexicanos por tener de regreso el penacho, de forma oportunista, las autoridades austriacas nos han solicitado a cambio dos reliquias: el carruaje de oro puro del emperador Maximiliano I de México, que es la pieza emblemática del Castillo de Chapultepec, y el escudo ceremonial prehispánico azteca "Chimalli", hecho con piel de jaguar y decorado con plumas de pericos, cardenal rojo, cotinga azul y pato. La obra de arte de 70 centímetros de diámetro y dos kilogramos de peso tiene como motivo cuatro medias lunas y le cuelgan decenas de listones de ixtle que terminan en plumas preciosas. El arqueólogo Felipe Solís, ex director del Museo Nacional de Antropología, la arqueóloga Laura Filloy y la investigadora Lourdes Navarijo calificaron la pieza como "un excepcional mosaico de plumaria azteca: el tapacáliz del Museo Nacional de Antropología", y afirmaron que "es uno de los dos únicos objetos plumarios prehispánicos que aún existen en México".

¿Será posible que esta actitud aparentemente tan amigable de parte de Austria oculte segundas intenciones?

Tal vez los compatriotas de Mozart estén aprovechándose de nuestra nobleza y de nuestra urgencia por obtener el penacho, puesto que están buscando condicionar el "préstamo" a un intercambio desproporcionado.

Las dos piezas que nos piden son genuinos tesoros históricos de gran valor, integridad y autenticidad; mientras que el quetzalapanecáyotl apenas y conserva algunos de sus materiales originales, no fue utilizado por Moctezuma y quizá ni siquiera sea un penacho.

Cuenta la leyenda que cuando Quetzalcóatl supo que era tiempo de dejar el mundo, se inmoló, incendiando su cuerpo sobre la arena, frente al mar. Al consumirse por las llamas, de la columna de humo surgieron quetzales de brillantes alas esmeralda y bermellón que salieron volando rumbo al sol.

Y tras haber sido derrocado, humillado y apresado, el domingo 27 de junio de 1520, Moctezuma II murió brutalmente asesinado. Ese mismo día, el gran huey tlatoani de los mexicas tomó su lugar entre las estrellas.

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