Localizarla no resultó tarea fácil. Se necesitaron meses de correos electrónicos y llamadas a los que fueron sus mejores amigos, durante los más de 20 años que vivió en la ciudad de México, entre ellos el pintor Agustín Portillo que nos dijo que "seguro de que cuando sepa que Caras la está buscando, aceptará encantada", dijo el artista cuando le pedimos el correo electrónico de Azita. Y así fue, nos concedió la entrevista de inmediato.
"Todavía es muy doloroso hablar de lo que pasó, pero siento que ya es tiempo de hacerlo. En los últimos tres años he externado esto con mis mejores amigos y mi familia; y me ha sanado mucho. Creo que Caras es una revista muy respetuosa, a la que puedo contarle todo", comenta Azita al inicio de la entrevista realizada en su casa, en la parte más alta de una de las islas principales de Tiburón, a las afueras de la ciudad de San Fracisco.
Mucho se habló de la muerte de Patricio y la salida de Azita del país. Se comentó que sin su esposo, su vida social había terminado, que muchos de sus amigos dejaron de hablarle, y que quizá fue esa la razón por la que decicidió dejar el país. Detalles de la repentina muerte de su esposo jamás fueron revelados del todo, fue un secreto que sólo sabían los mejores y más cercanos amigos y amigas de Azita. Nadie como ella para narrar lo que ocurrió. Nos dio gusto verla de nuevo, ahora con el pelo un poco más largo y más delgada, pero tan guapa como siempre y con el mismo porte que la caracterizó dentro de la sociedad capitalina.
No fuimos los primeros en proponerle una entrevista, pero sí el único medio con el que la viuda de Patricio Mujica compartió algunos de los que considera los mejores momentos de su vida.
Nació en Irán a finales de la década de 1950, donde vivió hasta la adolescencia pues su familia se mudó a París. A los 21 años se casó en Francia con un editor de las revistas más importantes de Irán, con quien decidió vivir nuevamente en la capital persa, de la que finalmente tuvieron que salir a los dos años por el estallido de la revolución iraní de 1979. Siete años después, con dos hijas y viviendo en Nueva York, Azita se divorció de su primer esposo y decidió quedarse en la Gran Manzana.
Tiempo después, en Londres, conoció a Patricio, con quien inició una sólida amistad que con el tiempo fue creciendo, "por algún momento tuvimos un amor de larga distancia, hasta que nos casamos en 1986, en el hotel Bel Air de Los Ángeles", recuerda emocionada. La personalidad y galanura de Patricio fue lo primero que llamó la atención de Azita, quien aún no perfeccionaba el idioma español. "Patricio fue siempre un gran señor; cuando lo conocí, me pareció un hombre muy guapo y con una manera de ser maravillosa", agrega nostálgica. Una vez en su casa de Bosques de las Lomas, Azita se integró de inmediato a la vida social capitalina, pues conocía ya a algunos de los mejores amigos de su esposo, como Pablo Rincón Gallardo, Casilda García Pimentel de Solórzano, Miguel Gómez de Parada, Carmen de la Mora y Marie Thérèse Arango.
Azita y Patricio fueron esposos por más de 23 años, en los que viajaron y compartieron grandes momentos, como las bodas de las hijas de Azita, a quienes el polista vio siempre como a sus propias hijas.
Todo marchaba bien para el matrimonio Mujica, Patricio seguía en sus negocios editoriales y en su desempeño como uno de los embajadores principales de la Federación Internacional de Polo, y Azita, en eventos y asociaciones culturales, como el patronato del Museo de Arte Popular, con su gran amiga Marie Thérèse Arango. Nadie, ni la misma Azita, sabía de las dificultades en algunos de los negocios de su esposo, sólo estaba al tanto de sus problemas de salud. "Patricio tenía cáncer linfático. Me hizo creer que lo habíamos descubierto a tiempo, pero no fue así; lo estábamos tratando, pero sólo él sabía la gravedad de su enfermedad. Quienes lo conocieron saben que Patricio era un hombre muy orgulloso pero noble, alguien que amaba compartir sólo las cosas buenas, las desagradables se las quedaba?, recuerda Azita con tristeza.
En agosto de 2007, mientas Azita terminaba una breve estancia en San Francisco, recibió una llamada en la que le pedían que adelantara su regreso a la ciudad de México, pues su esposo acababa de sufrir un accidente. Asustada, llegó a la capital mexicana, y al ver a tantos amigos en el aeropuerto entendió que algo grave había ocurrido: su esposo, de 76 años, se había quitado la vida de un balazo, en su casa de Tecámac. Horas después, Mujica se despedía de su esposo acompañada de sus hijas y los mejores amigos, tal como Patricio lo había pedido en una serie de cartas que fueron encontradas junto a su cuerpo.
Sus restos fueron depositados en el panteón Francés, como fue su voluntad. Cada detalle se realizó tal como lo planeó y explicó en sus escritos, "dejó muchas cartas en las que explicaba lo que debía hacerse en sus negocios y propiedades, incluso planeó cómo debían darme la noticia de su muerte", asevera Azita, quien recibió una carta póstuma de su esposo. "Me pedía perdón y me decía que tratara de entenderlo. Me explicó que su vida ya no era tan buena como antes y que mejor debía marcharse en ese momento. No le guardo rencor, ahora entiendo sus razones; él siempre dijo que el instante perfecto para dejar una fiesta era cuando estuviera en su mejor momento. Así lo hizo él con su vida".
Meses después, Azita tomó la decisión de dejar la ciudad de México. Sus amigos más cercanos se encargaron de los trámites funerarios y legales y de propiedades, como Claudio y Ana Luisa Landucci, Jorge y Lourdes Burillo, Carmen de la Mora y Lupe Peñafiel, entre muchos otros, quienes además de apoyo moral, ayuaron en cuestiones como la mudanza, escrituras de casas, clubes, antiguedades y obras de arte.
"Sabia que sin Patricio no podía seguir en México, así que me vine a San Francisco, donde además vive Maryam, mi hija", dice Azita en la terraza de su casa, mientras contempla la isla Ángel, un parque estatal al que su esposo hizo una importante aportación económica y en el que, a manera de homenaje a Patricio, se proyecta una luz cada noche de diciembre, desde la parte más alta de la isla.
Los cinco niveles de su casa están llenos de recuerdos, como fotografías con sus familiares y amigos más cercanos y obras de arte. Tiene un elevador que conecta cada nivel y una cava de vinos. Azita sigue muy interesada en las expresiones artísticas, es comisionada de arte y durante un año se encargó de una galería local; practica yoga e imparte clases de etiqueta en una escuela de la localidad.
"Éste es mi nuevo hogar, un espacio en el que encuentro mucha paz y tranquilidad. Además, me gusta el mar, como a Patricio, que cada mañana apreciaba el club de yates desde la recámara; decía que para él, era como despertar en un barco", finaliza Azita.