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José Luis Cuevas, un narcisista y pícaro artista en la plástica mexicana

Autor: Grabriella Morales-Casas

Te dejamos parte de su legado en la plástica.

Fotografía por: Archivo CARAS

En 1951 escribí en el suplemento del periódico Novedades, "México en la cultura", ese texto agitador contra el muralismo mexicano llamado "La cortina del nopal", donde expuso que si el arte nacional no salía de la mexicanidad exacerbada nunca evolucionaría, "y tuve razón", afirma, "se enojaron mucho conmigo, dijeron que lo hacía para darme publicidad, pero si no hubiera hecho eso no habría artistas que desarrollaran otras técnicas. No me equivoqué", dijo Cuevas para Caras.

Eso sí, gracias a eso se hizo amigo de David Alfaro Siqueiros "porque me invitó a desayunar para mostrarme su desacuerdo, y nos hicimos muy cuates".

"Ahora admite que la obra de José Clemente Orozco tiene cierta influencia en la suya y también, con el tiempo, ha aprendido a querer a Diego Rivera: "hoy lo aprecio mucho más que en esa época, pero debo confesar que de niño me gustaba, tenía 6 años, no sabía nada de arte (risas)".

La risa socarrona lo delata. Ese es el José Luis Cuevas que todos conocen y que recuerdan quienes lo vieron en su plenitud.

"Sigo siendo narcisista, pero solo en mi obra, ya no soy tan provocador", dice entre risas.

Pero quizás lo que más llama la atención de Cuevas y su anecdotario personal es cómo se ríe de sí mismo, cómo encuentra divertido el hecho de ser tan vanidoso, cínico y provocador. No se lo cree, no lo toma en serio, pero lo disfruta.

En realidad es cuidadoso cuando habla de sí mismo al referirse a sus éxitos pasados, y siempre recuerda a quienes lo enseñaron o ayudaron, como el crítico José Gómez Sicre, el galerista Phillipe Bruno, el coleccionista Álvar Carrillo Gil, la grabadora Lola Cueto o los escultores Henry Moore y Giacomo Mansur "que me enseñaron mucho, yo no sería quien soy sin ellos; o me ayudaron o me dejaron aprender".

Pero eso sí, hay algo para lo que no da tregua, y ese es su crédito como creador del volumen.

"De niño vivía en la calle de Cuauhtemotzin donde había cantinas de poca monta y prostitutas callejeras; mi nana Lupe y yo caminábamos por ahí; esos primeros recuerdos me hicieron pintar".

Cuevas maduró como artista y encontró "fascinación en lo grotesco, pero ya no eran temas, sino ideas: mujeres gordas, feas, que buscaba convertir en belleza.

Su atracción por las gordas nació cuando acudía al Mexico City College de la colonia Roma y "había una alumna gringa muy gorda, inmensamente gorda. Yo la pintaba y ella pensaba que estaba enamorado de ella, pero no, estaba enamorado de su estética".

Con esta anécdota Cuevas asegura que fue el primero en dibujar volumen, "luego salió Botero que por influencia mía comenzó a emularme; incluso en una exposición suya en Estados Unidos el curador escribió que sus figuras recuerdan mucho mi obra. No le ha de haber gustado eso pero es la verdad".

Ríe una vez más y nadie quiere terminar la tertulia. Ese es el efecto que tiene Cuevas sobre quien lo escucha, porque como diría Neruda, confiesa que ha vivido.

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