Realeza

Masako: la princesa triste que no quería reinar

Autor: Gabriella Morales-Casas

La esposa de Naruhito, príncipe heredero al Trono del Crisantemo, sufre depresión y desorden por estrés, lo que la ha alejado de la vida pública desde hace años.

Fotografía por: Getty Images

Las historias de las plebeyas que se convierten en princesas no resul- tan tan felices como nos lo han hecho creer los cuentos de hadas. Ni siquiera una aristócrata como Diana de Gales pudo con el pesa- do paquete de vivir bajo el escrutinio público y dar cuenta de todos sus actos a la casa real de Inglaterra. Para muchas, es un suplicio que sufren en silencio; pero Masako, la futura emperatriz consorte de Japón no lo ha ocultado. Es infeliz y que lo sepa el mundo.

La esposa de Naruhito, príncipe heredero al Trono del Crisantemo, como se le conoce al escudo del imperio japonés, sufre depresión y desorden por estrés, una enfermedad que la soberanía reconoció en 2004, luego de que en su cumpleaños número 40, Masako fue hospitalizada por un herpes producto del estrés y de que no asistiera al enlace del príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, con Letizia Ortiz, en agosto de ese mismo año. Fue el escándalo.

Ante la insistencia de los medios de comunicación, que cada vez presionaban más a la Casa Imperial, no quedó de otra que revelar la realidad de la princesa, algo sin precedente en la historia de la realeza: Masako sufría de “agotamiento y trastorno de adaptación debido a las responsabilidades de su cargo”.

Masako cuando tenía dos años. / A los 7 años, esquiando en Belmont, Estados Unidos. / En el día de su graduación de preparatoria, a los 17 años.

Plebeya, pero de gran clase

Para entonces, la pareja ya llevaba diez años de casada y desde 2001 tenían una niña, la pequeña princesa Aiko. Pero, ¿quién es Masako y de dónde provenía, como para caer en depresión? Ninguna hija de vecino, seguro que no. 

Su padre, Hisashi Owada, es uno de los diplomáticos japoneses más connotados e influyentes de la nación, quien además fue viceprimer ministro de Exteriores, magistrado del Tribunal de La Haya y funcionario de las embajadas de Rusia y Estados Unidos, entre otros importantes cargos. 

Masako nació en diciembre de 1963 en Tokio, pero era todavía una bebé cuando su familia se mudó a Rusia; tanto ella como sus hermanas, Reiko y Setsuko, vivieron sus primeros años ahí para después trasladarse a Boston, donde la princesa pasó prácticamente toda su infancia y adolescencia, y tuvo una educación privilegiada hasta su etapa universitaria.

Estudió Economía en Harvard y después volvió a Japón, donde cursó una especialidad en la Universidad de Tokio. Fue ahí donde conoció al príncipe Naruhito, quien se prendó de ella, tanto, que se le declaró varias veces entre 1986 y 1991, pero ella nunca aceptó.

La princesa Masako en compañía de sus padres y hermanas, días antes de su boda en junio de 1993.

La presión de su padre

Fue en su periodo laboral en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, trabajando con su padre, que comenzó a sentir la presión no mediática, sino familiar. “Su papá la obligó a aceptar al príncipe; le recordó la lealtad de la familia con su país”, cuenta la autora españo- la María Pilar Queralt del Hierro en su libro Masako, la princesa triste.

De acuerdo con esta biografía no autoriza- da, “Masako tiene una relación agridulce con su padre”, porque por un lado lo admiraba y quiso emular su carrera diplomática, pero por el otro la sacrificó como en los tiempos anti- guos. Para 1992, cuando ya ni se hablaba de ella en la prensa rosa, se dio la sorpresiva noticia de su compromiso con el heredero.

Masako siempre supo lo que le esperaba. “Nunca se quiso casar con él, lo hizo porque no le quedó de otra”, cuenta por su parte el perio- dista inglés Ben Hills en su biografía –tampoco autorizada–, La princesa Masako, prisionera del Trono del Crisantemo. “Esta familia vive encerrada en su monasterio medieval, son una especie extraña; ella nunca se adaptó”, agrega.

Lo mismo le había sucedido a su suegra, la emperatriz Michiko, quien era hija de un acaudalado empresario nipón cuando se casó con el actual monarca Akihito, y nunca se llevó bien con su suegra, la emperatriz Nagako. La presión de la agencia de la Casa Imperial, famosa por ser “temible y muy estricta”, dice Hill, dio por resultado que Michiko perdiera el habla en 1993 por problemas psicológicos, según reveló en su momento el diario The New York Times.

Al igual que a su suegra, a Masako le esperaba una vida de opresión; para empezar, renunció a su prometedora carrera diplomática –tenía a su cargo la oficina de relaciones con EUA– y, para seguir, la Casa Impe- rial, de acuerdo a sus tradiciones, le prohibió ocuparse de asuntos políti- cos e incluso hablar en otros idiomas en eventos oficiales. 

El príncipe Naruhito en su cumpleaños número 3, el 22 de febrero de 1963. / El rey Akihito celebrando su cumpleaños 43, en compañía de su esposa la reina Michiko y su hijo el príncipe Naruhito.

Sin heredero

Antes de su compromiso, del príncipe se contaban historias edípicas terribles: que su madre dejó de amamantarlo a los 12 años, que era virgen a los 33 e incluso que era homosexual. Al final, la agencia de la Casa Imperial nunca desmintió nada; su implacable oficina de protocolo, dirigida por el aún más temido Toshio Yuasa, estaba decidida a casarlo sí o sí para darle un heredero a la dinastía Yamato. El problema fue que Masako no pudo dárselo en diez años, tema con el que se ha especulado como la causa de su depresión. 

Las habladurías alrededor de la imposibilidad de la pareja real de tener un hijo se volvieron tan turbias, que revistas de chismes como Shukan Shincho rumoraban que Naruhito era estéril o impotente y que se extraalimentaba de gingseng como remedio casero. Incluso se dijo que el mismísimo emperador Akihito había donado esperma para inseminar a su nuera.

El príncipe Naruhito y su futura esposa, Masako Owada, posan con tradicionales trajes japoneses ocho días antes de su boda.

El lío de la sucesión

Finalmente, en diciembre del 200 nació la pequeña princesa Aiko. Fue casi un milagro. Pero la decepción del pueblo fue mucha al saberse que fue niña. La gravedad de que Masako no haya dado a luz a un varón obedece a que la Ley de la Casa Imperial de Japón impide que una mujer sea emperatriz reinante.

Así quedó establecido en la Constitución de Japón en 1947, donde también se estipula que una. Esa misma ley es la que impide que una mujer se quede en palacio tras contraer matrimonio con un plebeyo.

El primer ministro japonés de aquel entonces, Noda Yoshihiko, intentó cambiar dichos estatutos en 2005, pero no fue posible; los grupos conservadores del país consiguieron más de la mitad de las firmas necesarias del congreso legislativo y acabaron con la intentona, la llamada Ley Josei Miyake.

Todavía se hablaba de revivir el debate cuando al año siguiente nació el primo de Aiko, el príncipe Hisahito, el primer varón concebido en 41 años en la Casa Imperial. “En realidad Masako descansó, porque nunca ha querido que Aiko sea reina, es una responsa- bilidad que no quiere para su hija”, dijo Ben Hills al diario The Guardian.

Así, Naruhito queda como el primero en la línea de sucesión, luego sigue su hermano Akishino, y después el hijo de este, Hisahito. A bote pronto, el problema de la sucesión queda resuelto por la siguiente generación; lo difícil serán las siguientes, ya que la mayoría de los miembros de linaje directo del emperador son mujeres.

Masako en su boda con Naruhito el 9 de junio de 1993, acompañada de sus suegros, los emperadores de Japón.

La princesa inútil

Después del nacimiento de su sobrino, Naruhito declaró que él y Masako no iban a buscar un segundo bebé. Con la sucesión definida, se esperaba que la depresión de la princesa se di- luyera, pero no fue así, sino al contrario: dejó de aparecer en los eventos más típicos de la familia real, como el Saludo de Año Nuevo o el cumpleaños de su esposo.

Desde 2004 solo ha hecho 17 apariciones públicas oficiales, según recoge el diario español La razón. Pero con todo y que la Casa Imperial la protege, y sobre todo su príncipe azul, el pueblo no está convencido de su actitud.

De acuerdo con la revista rosa Josei Seven, en 2009, en la ciudad de Nagano, donde la familia real vacacionaba, un plebeyo le gritó a la princesa desde la distancia: “(degrees) Nos está robando el dinero a los contribuyentes! Finge enfermedad y elude responsabilidades. (degrees) Fuera del palacio imperial!”.

La molestia del pueblo es porque “se la pasa de vacaciones”. En 2006 huyó a la casa de campo de la entonces reina Beatriz de Holanda para “recuperarse” de su estado depresivo. “A eso sí viaja, pero no a actos oficiales; es una inútil; no nos dio un heredero y tampoco sonríe”, dijeron súbditos en webpages de los diarios nacionales.

Foto familiar de la casa real japonesa en 2008: Princesa Masako con su hija (la princesa Aiko) y el príncipe Naruhito; los emperadores Akihito y Michiko; el príncipe Akishino con su hijo (el príncipe Hisahito) y su esposa la princesa Kiko; atrás, las princesas Mako y Kako, hijas de Akishino.

Su amor hacia los Orange-Nassau

El cariño de Beatriz a Masako viene de tiempo atrás gracias a la relación que la ex monarca tie- ne con el padre de la princesa, quien fue diplomático residente en los Países Bajos; por eso, cuando Masako reapareció en la coronación de Guillermo Alejandro y Máxima el pasado abril, se hizo un gran revuelo. En realidad, “la princesa triste”, como le llaman los medios euro- peos, no había estado recluida por once años, como se ha dicho tras la coronación holandesa, sino que en ese periodo no había atendido un evento oficial en el extranjero. Sus apariciones han sido pocas y muy contadas, además de los actos privados a los que asiste y todos ellos en suelo nipón.

El hecho de no cumplir con sus obligaciones le ha traído muchos problemas de ima- gen pública a su marido, a quien en varias ocasiones lo han tildado de sumiso, pues la ha defendido públicamente en numerosas oca- siones, la última de ellas en 2009, previo a un viaje oficial a Vietnam. En conferencia de prensa, Naruhito de- claró: “Mi esposa necesita tiempo para re- anudar sus deberes. Hace todo lo que puede para cumplir con su agenda y asistir a tantos compromisos oficiales como le es posible. Me gustaría pedir al pueblo japonés que comprenda la situación”. Antes de eso, Masako había recibido en pa- lacio a los reyes de España, Juan Carlos y Sofía, lo que enardeció la molestia de sus detractores; muchos súbditos se quejaron en las redes sociales de que la princesa “selecciona” para quién sí se siente bien y para quién no.

La primera aparición pública de la princesa Masako después de 10 años fue en Holanda, en la coronación de Guillermo y Máxima.

Mamá sobreprotectora

Pero Naruhito siempre saca la cara por ella.“Está enamorado de una manera sobrehumana”, dice María Pilar Queralt. Cuando en 2008 el príncipe cumplió 45 años, la princesa no acudió y a cambio envió un comuni- cado en el que escribió: “Aún no estoy com- pletamente bien, pero empiezo a sentirme capaz de hacer más cosas, poco a poco”.

La explicación de Toshio Yuasa ha sido desde entonces que “por recomendaciones médicas”, es mejor para la princesa llevar una vida lo más normal posible “con preferencia para sus actividades privadas”. Pero el com- portamiento “normal” de Masako es totalmente lo opuesto.

También en 2009 y hasta gran parte de 2010 la princesa la hizo de escolta de su hija Aiko en la primaria Gakushuin, donde históricamente han estudiado los miembros de la familia real. ¿La razón? La niña sufría bullying. Las críticas les llovieron por todos los frentes y no es para menos, pues por todo el mundo es bien conocida la sobreprotección de Masako a su hija, para quien no desea la que los sentimientos nacionalistas de los japoneses se vieron heridos, cuando su futura emperatriz acudió a un país extranjero para reaparecer en público por cariño a una reina holandesa. Los japoneses monárquicos no se identifican con su futura gobernante, aunque hay aún quienes comprenden a la mujer detrás de la princesa. presión protocolaria que ella ha vivido en carne propia.

Mientras que sus biógrafos dicen que es un alivio para ella que Aiko no vaya a gobernar, otros miembros de la prensa japonesa creen que es un fracaso imperial. Cierta una o la otra, cualquiera de las dos opciones hablan de que el único interés de Masako es proteger a su hija.

El prínicipe Hisahito, el tercero en la línea de sucesión al trono y primo de la princesa Aiko. / La princesa Aiko, cuando tenía 12 años, en compañía de su mamá, la princesa Masako.

Que renuncien al trono

Esto podría ser positivo para una madre promedio, pero cuando se trata de una princesa, la cosa es distinta. Las críticas por el desmedi- do interés de Masako en su hija y la exagerada atención que a su vez pone Naruhito en su esposa, se han traducido en críticas duras de parte incluso del sector político y académico de su país.

Uno de los politólogos más respetados de Japón, Takashi Mikuriya, dijo apenas en abril de este año a la revista política Bungei Shunju que “su familia es el único tema con el que se comprometen los príncipes herederos”; por su parte, la publicación del mismo corte, Shincho 45, lanzó a través de sus columnistas un reclamo directo: “Que Naruhito renuncie al trono si lo que quiere es una familia moderna”. 

Pero fuera de casa las opiniones les son constructivas. La corresponsal del diario The New York Times, Kumiko Makihara, escribió que se identificaba plenamente “con esta pobre mujer de 49 años que quiere proteger a su hija y conservar unida a su familia a pesar de todo, incluso de quienes son”.

Makihara le da un vuelco muy feminista a las críticas y ve en Masako a una vocera de los problemas que aquejan a las mujeres actuales “y que sufren como ella por sus hijos”. Por eso, coincide en “lo importante que debe ser acercarse a su pueblo y subir su popularidad”, misma que está por los suelos.

Si se ha ganado o no la indiferencia de su pueblo es un tema delicado, pero lo cierto es que los sentimientos nacionalistas de los japoneses se vieron heridos, cuando su futura emperatriz acudió a un país extranjero para reaparecer en público por cariño a una reina holandesa. Los japoneses monárquicos no se identifican con su futura gobernante, aunque hay aún quienes comprenden a la mujer detrás de la princesa.

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