Los Románov: a 100 años del asesinato de los zares rusos

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Fueron canonizados en el año 2000, pero no por sus vidas ejemplares, sino por su resignación cristiana para aceptar el martirio. En la Rusia de Putin la familia Románov, vueltos íconos y reliquias, sigue despertándando pasiones y un curioso síndrome monárquico en la sociedad.

A cien años de la revolución bolchevique que exterminó a la monarquía, Rusia nueva- mente tiene un zar: Vladímir Putin ha estado al mando del país 18 de los 30 años que tiene de refundado, los suficientes para devolver a su pueblo (aunque sea a punta de negocios polé- micos, invasiones y asesinatos de estado) la esta- bilidad deseada y el prestigio militar de antaño.

Decidido a reconciliar los “pasajes oscuros” del pasado zarista y soviético con el presente de libre mercado y globalización, el zar Putin ha acuñado junto a la Iglesia Ortodoxa nuevos símbolos de poder, como los Santos Románov, canonizados en el año 2000 por su “abnegación cristiana”, junto con otros 300 mártires del comunismo.

Cómo, si no con fe, se puede resistir el fin del mundo una y otra vez, parece ser el mensa- je detrás de esta ironía de la historia rusa. Los santos patronos de la Era Putin bendicen a los abnegados creyentes de la utopía socialista, los protegen contra las amenazas de Occidente, exaltan los valores de la familia cristiana he- terosexual (llenas de princesas de marmórea belleza y hombres poderosos y devotos) y les dan esperanza para el futuro. Pero, llegada la hora, ¿podrían evitar una sucesión sangrienta?

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Los últimos zares rusos. Foto: Getty Images

A principios de este año, en el documental Valaam, sobre el más antiguo monasterio del norte de Rusia y donde según los monjes, “comienza el camino de Rusia hacia Dios”, Putin comparó la ideología comunista con la cristiana y la visita al mausoleo de Lenin, en la capital rusa, con la adoración de reliquias de los santos.

“De hecho, la ideología comunista es muy parecida al cristianismo. La libertad, la her- mandad, la fraternidad, la justicia...todo esto aparece en las Sagradas Escrituras. ¿Y el código del constructor del comunismo? Es una sublimación, un primitivo compendio de la Biblia, no se inventó nada nuevo”, dijo el presidente Putin en el programa que se transmitió en el Canal 1 y causó conmoción internacional.

El filme seguía al mandatario ruso en sus frecuentes peregrinaciones a este sagrado lugar de la República de Carelia, cuyo destino Putin liga constantemente al del país: fue abandonado y destruido por la represión comunista, murió con la caída del mundo soviético, pero se levan- tó de sus rodillas y reconstruyó su esplendor.

A pesar de la polémica, en ese santuario espejo de Rusia, Putin sólo reconoció una ver- dad intrínseca del alma rusa: “La fe siempre nos ha acompañado reforzándose cada vez que nuestro país y nuestro pueblo pasaban por tiempos duros’”.

Para cuando concluya su cuarto sexenio, en el 2024 –con 70 años, una alta aprobación popular y el creciente temor y desconfianza de sus vecinos– Vladímir Vladímirovich Putin tendrá, como Nicolás Aleksandrovich Románov, 24 años en el poder, innumerables enemigos alrededor deseosos de verlo caer y mucha, mucha fe.

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Foto: Getty Images

EL ZAR NICOLÁS

El título de Zar y Autócrata de Todas la Rusias no es para débiles. El amo absoluto de este vas- to territorio euroasiático ampliado a punta de guerras, requiere de una férrea convicción en la divinidad de su encargo, amén de ciertas habilidades diplomáticas, militares y carismáticas. Sólo lo primero tenía de sobra el zar Nicolás II al iniciar 1917: una absoluta fe en que Dios estaba de su lado.

Acababa de celebrar con pompa y circunstancia los 304 años de reinado de su dinastía: con 50 años, 23 de gobierno, cuatro hermosas hijas, un hijo zarévich enfermo hemofílico y una esposa que ejercía enorme influencia en él, no había logrado igualar la gloria de sus tíos abuelos Pedro El Grande y Catalina II. Ni siquiera despertaba el temor de su tatarabuelo Iván El Terrible o su abuelo, el dictador reformista Alejandro III.

Para principios del siglo XX, Nicolás II era considerado por amigos y enemigos un gobernante pusilánime, manipulable y titubeante, que tenía maneras inglesas y escribía cartas muy románticas. Sí, le llamaban “El sanguinario coronado”, un chiste burlón que más tenía que ver con la herencia de su matrimonio maldito con Alix de Hesse Darmstadt (la nieta de la reina Victoria de Inglaterra, que al convertirse a la ortodoxia pasó a ser Alejandra Fió- dorovna Románova, la reencarnación misma del mal agüero para el pueblo ruso) que con su mano dura.

Rusia, que para entonces tenía 23 millones de km2 de territorio y había pasado tres cuar- tos de toda su historia en guerra, era un hervidero de intrigas y descontento social.

El zar recibía infames derrotas en la guerra sino-japonesa (1896), en los Balcanes (1912-13) y se había visto casi obligado a industrializar al país y empoderar con una Duma (consejo parlamentario ruso que designaba manifiestos) a las clases medias urbanas, así que apenas la suerte, como una racha de buenas cosechas, lo mantenía aferrado al trono.

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La zarina Alejandra Fiódorovna Románova. Foto: Getty Images

La mañana del 13 de marzo de 1917 su destino cambió. “¡Todo es traición, cobardía y engaño!”, escribió cuando quedó atrapado en su tren imperial, en la estación de Pskov (cerca de Estonia), al tratar de reunirse con su ejército. Había tardado casi una semana en reaccionar, muy ocupado en cortar el jardín del palacio, y ahora sus ministros, que originalmente desestimaron las masivas revueltas surgidas en Petrogrado y Moscú, le informaban que todo era ya imparable.

“Mi abdicación es necesaria”, dijo. “El quid de la cuestión es que es necesario dar este paso, por el bien de la salvación de Rusia y de mantener la calma en el ejército en el frente. Estuve de acuerdo”, consignó en su diario.

A pesar de la gravedad de la situación, el todavía emperador mantuvo su impenetrable y famosa poker face cuando, por la noche de ese día, los diputados del gobierno provisional acudieron a su vagón imperial a pedirle que abdicara de una vez por todas, e incluso le die- ron un borrador para firmar.

Luego de un rato, Nicolás II se entregó dócilmente. “¡Que Dios ayude a Rusia!”, escribió casi como un alivio y abdicó en favor de su her- mano menor, el Gran Duque Miguel Alexándrovich, pues no quería ser separado de su amado hijo.

A las tres de la mañana, ‘”con el corazón pesado”, el fallido monarca pudo al fin continuar su viaje hasta Petrogrado, donde ya su familia había sido recluida y humillada por el pueblo.

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Foto: Getty Images

LA VIDA OCIOSA DE LOS ROMÁNOV

Si en 1917 hubiera habido Twitter, el monarca habría tuiteado todo su aburrimiento durante todo el año que pasó encerrado en tres distintas residencias, de Petrogrado a Siberia y luego a Ekaterimburgo.

Obsesionado con la temperatura, Nicky, como lo llamaban sus seres queridos, compar- tiría sus reportes de los días grises y soleados, las fotos que él mismo o el doctor Botkin to- maban durante sus largos paseos familiares, siempre vigilados por cuadrillas revoluciona- rias, las lecturas diarias y sus entretenimientos

“En los archivos desclasificados de la época soviética, no hay documento que inculpe a Lenin de la orden de asesinato, aunque sí hay telegramas de Trotsky exigiendo juzgarlos”.

teatrales por la tarde. Entregado a una dócil calma, el ex zar puso su destino en manos de Dios.

¿Cuántos likes recibiría la foto del Zarévich en el huerto o las de sus hermanas tomando el sol en un desvencijado tejado? ¿O las del zar jugando cartas con la zarina? ¿Cuántos habrían trolleado a la princesa Anastasia al haber califi- cado de “salvajes” a los que destru- yeron los Rembrandt y los retratos de Serov en el Palacio de Invierno?

Sabríamos de los dolores de muela de la duquesa Olga, o de las fiebres del cinéfilo Alekséi, de las quejas de Anastasia por su privaci- dad perdida, del odio que poco a poco se incubaba a su alrededor.

Aislados y abandonados por sus aristócratas familiares, la noche del 16 de julio de 1918, los Románov ofrendaron su sangre para pasar a la historia... y al Paraíso.

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La familia Romanov fue asesinada el 17 de julio de 1918. Foto: Getty Images

LA NOCHE SANGRIENTA

Casi 30 años de investigaciones forenses revelaron que, esa noche, la familia imperial junto a otros cuatro sirvientes (el médico de la familia Evgeny Botkin, el criado personal Trupp, la camarera de la emperatriz Anna Demídova y el cocinero de la familia Tijómirov) fueron masacrados y rematados con bayonetas en el sótano de la Casa Ipatiev por los bolcheviques radicales de los Urales, al mando del comandante Yákov Yurovski.

Sus restos fueron primero enterrados en dos fosas, en las minas de las afueras boscosas de Ekaterimburgo, y luego, temiendo que los encontraran, fueron desenterrados, disueltos en ácido y de nuevo enterrados por separado en el Bosque de Koptiakí.

En los archivos ya desclasificados de la épo- ca soviética, no hay ningún documento que inculpe a Lenin de la orden, aunque sí hay tele- gramas en los que Trotsky insiste en juzgarlos.

El secreto a voces del cruel destino de los Románov generó las más descabelladas le- yendas de princesas falsas –durante décadas se rumoró que Anastasia habría sobrevivido–, ficciones cinematográficas que traspasaron la Cortina de Hierro y una pelea de reliquias y canonizaciones al interior de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

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Se cumplen 100 años del asesinato de los Romanov. Foto: Getty Images

LAS RELIQUIAS

Pese a que en 1991 el misterio del siglo XX fue revelado por historiadores disidentes, que aprovecharon el caos de los Años Cero (los convulsos años 90 que dieron lugar a la Perestroika) para dar a conocer sus hallazgos, el caso criminal del exterminio de la familia Románov sigue abierto.

Para 1998, un comité de investigación internacional validó con estudios genéticos y moleculares el origen real de cuatro de los primeros siete cuerpos encontrados, mismos que en me- dio de la controversia fueron enterrados en la Catedral de San Pablo y San Pedro, a orillas del Río Neva.

En el 2007, nuevas excavaciones en la zona arrojaron otros dos esqueletos faltantes, el de Zarévich Alekséi y su hermana, la Gran Duquesa María, según concluyeron los novedosos estudios mitocondriales, para los que hasta le tomaron muestras al rey consorte de Inglaterra, el duque Felipe de Edimburgo, descendiente de los Románov.

Sin embargo, estos restos –insepultos aún– reavivaron “nuevos misterios” en torno a la santificada familia: ¿sus reliquias son capaces de curar o han obrado algún milagro entre quienes los tocaron? Parece que a los Románov aún les falta mucho para descansar en paz...

LOS ROMÁNOV Y PUTIN

Hoy, en Rusia, todo está a revisión: la historia, el linaje de su monarquía, los milagros de sus santos y las tradiciones.

Sin mucho ánimo de ahondar en las heri- das de la historia, los rusos emprenden el ca- mino a la reconciliación nacional zurciendo sus contradicciones con planes mediáticos como el Proyecto Románov, de Russia Today –la cadena periodística de Putin para lavar la mala fama de los rusos en el mundo– o la desacralización de personajes vía filmes tra- gicómicos o eróticos como La muerte de Stalin (2017) o Matilda (2017).

La Iglesia Ortodoxa Rusa también ha tenido mucha vela en el entierro de las desconfianzas históricas de los nuevos rusos. El 15 de agosto del 2000 –cuando Putin iniciaba su primer mandato designado por un alcohólico Borís Yeltsin–, 153 obispos reunidos en la Catedral moscovita de Cristo El Salvador votaron unáni- memente para canonizar a los últimos Romá- nov y a otros 860 mártires del comunismo “por los sufrimientos de su calvario y enfrentar con humildad y resignación cristiana el martirio”.

Receptáculos de la Pasión de Cristo, su muerte fue considerada así “una victoria de la fe sobre el mal”, como recogen los nuevos artículos sobre el caso, aunque en una esfera más terrenal; esto obedeció a la necesidad de mejorar las relaciones con la poderosa facción ortodoxa en el exilio, que ya había canonizado a la familia imperial en 1982.

LOS DESCENDIENTES

La rama ortodoxa exiliada desde 1917, duda de la autenticidad de los restos de los Románov, pues el cráneo del zar carece del agujero en la cabeza producto de un atentado que sufrió en Japón, y se aferra a las reliquias que veneran en Bruselas como auténticas.

Además, reconocen los derechos agnados (derechos jurídicos pero no consanguíneos) de la Gran Duquesa María Vladímirovna y su hijo Georgui Románov al trono ruso; éstos, por encima de los de la Asociación de la Familia Románov, que disputan los Romanóvich, nietos del zar Alejandro I, aunque no son agnados.

Los descendientes del Gran Duque Cirilio Vladímirovich –primo del zar Nicolás II, que abrazó la causa revolucionaria y huyó a Finlan- dia cuando vio todo perdido– nacieron en Es- paña y han regresado a Rusia cada vez con más frecuencia, lo mismo para celebrar el cumplea- ños del patriarca Kíril de la Iglesia Ortodoxa, que para conmemorar los 400 años de la di- nastía, o para otorgar por doquier medallas de la Orden Imperial de las Damas de Santa Anas- tasia, en honor a Anastasia Románova.

La más famosa de ellos es la Gran Duquesa María, quien se ha proclamado emperatriz de Todas las Rusias.

En 2008, cuando la “rehabilitación” de Ciri- lo I por la justicia rusa devolvió a los Valdímiro- vich los derechos perdidos, muchos lo conside- raron una prueba del poder que va ganando la Gran Duquesa María en la sociedad rusa.

En noviembre de 2017, en pleno Centenario de la Revolución de Octubre, dirigió un mensaje al pueblo en el que repartió culpas y dijo que la “desgracia común de la revolución se debía a la profunda crisis espiritual y la poca fe”; los analistas confirmaron que el regreso de los Románov no tenía nada de espiritual sino de fáctico.

Desde entonces, una especie de síndrome Románov se esparce en la sociedad rusa. Si hace años las falsas princesas rusas con títulos nobiliarios comprados ya atraían bastantes titula- res, hoy los bailes de época que se organizan para que las mujeres emulen los grandes eventos de los zares del siglo XIX, son un hecho que el “movimiento zarista” hace para velar por las tradiciones perdidas.

Las aspiraciones monárquicas crecen y dan forma a extravagantes partidos monárquicos, como el que fundó en 2012 el millonario Antón Bákov, que hasta ahora ha propuesto restaurar el imperio en el deshabitado archipiéla- go de Kiribati en el Océano Pacífico, y además ofreció la candidatura presidencial a la carismática diputada de la recién anexada Crimea, Natalia Poklonskaya.

¿Es un regreso puramente espiritual o el mundano pavimento político para la sucesión del “zar” Putin? Aunque la Gran Duquesa ha dejado claro que no aspira a restituir sus derechos, se mantiene neutral en cuanto a la forma de gobierno “que debe ser decidida por el pueblo”. Ya se sabe, en el tablero de ajedrez de la política rusa, nunca juegan sólo dos.

Por Georgina Hidalgo Vivas
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