El anuncio se hizo desde la cuenta oficial de la marca, donde el diseñador compartió el momento con mucho orgullo: “Estoy orgulloso de presentar a nuestra primera embajadora de marca: mi abuela, Liline Jacquemus”. Un mensaje sencillo, pero cargado de emoción, que rápidamente conquistó a la industria y a los seguidores de la firma.
Lejos de ser una elección estratégica, este nombramiento lo percibimos como una carta de amor. Liline no representa únicamente una imagen, sino un legado: la memoria, la ternura y la sensibilidad que han acompañado a Jacquemus desde su inicio. Su presencia representa los valores más importantes de Jacquemus, una casa de moda que siempre ha encontrado la belleza en lo simple, en lo cotidiano y en los vínculos que nos construyen.
Este gesto transforma la percepción clásica de una embajadora. No hay gestos forzados ni discursos de marketing, solamente se busca seguir con la autenticidad. Hay historia y hay raíces que muestran que hay mucho cariño de por medio. En un universo donde dominan las tendencias fugaces, Jacquemus apuesta por algo mucho más poderoso: la emoción. Este nombramiento nos recuerda que el verdadero lujo no siempre se lleva puesto. A veces, se hereda. Se recuerda. Y se siente.