Fotos Isabella Murillo
Después de consolidar su carrera en la televisión estadounidense, regresa a México para reencontrarse con uno de sus grandes amores artísticos: el teatro musical. El actor forma parte de Matilda, el musical, dando vida a la srita. Tronchatoro en una de las producciones más ambiciosas y esperadas del año, marcando así un momento clave en su trayectoria.
Franco y sin filtros, Jaime reflexiona sobre el ego en la industria del entretenimiento y sobre la fragilidad de la salud mental masculina, un tema que considera urgente visibilizar.
Durante nuestra conversación, se muestra auténtico, vulnerable y agradecido por un presente que lo trae de vuelta a sus raíces, pero con una nueva perspectiva; Jaime se sabe en un lugar de privilegio: tiene una hermosa familia conformada por Heidi, su esposa, y sus hijos: Elena, de 14 años, y Jaime, de 11, y también tiene la fortuna de dedicarse a lo que más le apasiona con éxito.
Días antes del estreno en México del musical donde combina dos de sus pasiones, el canto y la actuación en vivo, nos reunimos con el actor, productor, director, conductor y cantante en el hotel Habita. En la sesión exclusiva para CARAS, además de hacernos reír, nos habló desde el corazón.
Estás de regreso en México y en teatro musical, ¿qué parte de ti vuelve también con este proyecto?
Este proyecto está kicking my emotional butt. Porque cada vez que veo un video de la obra en YouTube o alguna presentación en los Tony Awards, lo que sea, se me llenan los ojos de lágrimas y se me enchina la piel... siempre me conmueve. Matilda fue la primera obra musical a la que llevé a ver a mis hijos, Elena y Jaime, y me emociona mucho. Hacer teatro musical me resulta muy gratificante y me llena el corazón; pero esta obra en particular me está pegando bastante en lo emocional.
Después de consolidar tu carrera internacionalmente, ¿qué significa volver al teatro en este momento de tu vida?
El teatro me conecta, me lleva otra vez a las raíces. Ahora que llevo aquí [en CDMX] unas semanas, me cuesta mucho trabajo estar lejos de mi familia y mis hijos, pero lo aguanto un poco más, o lo siento menos doloroso, porque estoy haciendo algo que me fascina y significa todo. Si fuera otro proyecto, no lo consideraría. He rechazado grandes propuestas de HBO o Paramount Pictures por filmarse durante seis o siete meses en Escocia, y yo no puedo estar tanto tiempo lejos de mi familia.
Estoy en la obra por la amistad que tengo con Alejandro Gou, el mejor productor de América Latina. Hacer una versión de Matilda que no se ha visto en ninguna parte del mundo, y que es mucho mejor que la de Londres y Nueva York a nivel de producción, es padrísimo.
¿Cómo fue ese acercamiento de Alejandro Gou?
Me buscó un día y me propuso interpretar a Tronchatoro, y le dije que dependía, porque yo mantengo a mi familia con mi trabajo. Entonces, por más romántico que suene estar en una obra que amas y adoras, también es trabajo. Pero Alejandro Gou es muy generoso. Realmente da el valor que sus actores se merecen. Trabajar con gente que verdaderamente valora lo que sumas a la ecuación de un proyecto se agradece. Intentar trabajar con alguien que siempre regatea tu valor y profesionalismo no vale la pena. Yo ya no pierdo el tiempo negociando con esas personas.
¿Qué conectó contigo para interpretar a Tronchatoro más allá del reto profesional? ¿Cómo te preparaste?
Es muy padre hacer el trabajo de mesa; Nick Evans, nuestro director, y yo hablamos mucho sobre quién es Tronchatoro, por qué Agatha es como es, por qué odia a los niños, los somete y siempre se encuentra encima de ellos. Creo que de chava, Agatha Tronchatoro era buena onda, buena atleta, pero seguramente tenía unos papás que no le aplaudían nada: “Sí, ganaste una medalla, pero pudiste haber ganado dos”. Entonces ella nunca fue suficiente, así que odia a Miss Honey y la relación que tiene con sus padres, porque ella no la tuvo. Decide, en algún momento de su vida, ser más dura con los niños de lo que fueron con ella. Está amargada todo el tiempo; la vida son decisiones, y ella se fue por el camino equivocado, pero también porque, tal vez, no tenía las herramientas.
Háblanos de la fama. En alguna época dijiste que sí se te subió y una de las cosas que nos encanta de ti es que eres muy real.
Sí, cuando hice La fea más bella se me subió, y no es que quiera justificarlo pero yo venía de muchas cosas. En México hay un problema muy grande con quienes vienen del privilegio. Yo venía de una familia con dinero y decían que mi papá me compraba la carrera; eso me pesaba y molestaba mucho. Llegó un punto en que dije: “Que digan lo que quieran”. Y en ese momento me empezó a ir increíblemente, porque dejé de gastar energía tratando de convencer a un puñado de resentidos sociales de que yo verdaderamente hacía esto por amor, porque mi mamá me lo heredó por el cordón umbilical, ya que ella es artista: canta, pinta... Así que, cuando nos fue tan bien, sí hubo un momento en que me sentía muy importante; me sentía lo máximo, aunque en ese momento sí éramos lo máximo, la neta (risas). Pero me duró un tiempo, y un día un cuate me aterrizó y me dijo que me debería tatuar mi rating en la frente porque yo sólo hablaba de
eso, y ahí me di cuenta de que nada es tan importante. Yo venía con bastante resentimiento por todo lo que decían de mi persona: que no valía, que mi éxito no valía nada y que mi papá habría ido a cada uno de los 80 millones de hogares mexicanos para darles un cheque para que vieran La fea más bella. ¡¿Qué onda con eso?!
¿Cuál ha sido uno de los momentos más vulnerables de tu vida adulta?
Cuando mis hijos tuvieron convulsiones febriles, fue algo común, pero la primera vez que le pasó a Elena fue terrible. Cualquier cosa que le pase a tus hijos es horrible. Quieres que te suceda a ti y no a ellos, porque la familia lo es todo.
¿Y cómo quieres ser tú de papá, a diferencia del que tuviste?
Totalmente distinto. A los niños no los puedes dejar solos; debes darles una guía, hablarles con firmeza, pero no hay nada que con amor no se pueda entender. Que entiendan que está bien tener emociones y que lo importante es cómo las manifiestas. Ser papá es un acto de fe, y nadie te enseña nada, y por más que leas, tienes que vivirlo y tienes que ir aprendiendo. He cometido mil errores como papá, igual que Heidi, mi esposa, pero así aprendes. Deseo ser un papá que enseña con mucho amor, entendimiento, platicando mucho y acompañando. Además, los hijos no son tuyos; te los prestan y, eventualmente, se van.
¿Quién se parece más a ti? ¿Alguno tiene la vena de artista?
A Elena le gusta mucho actuar. Ahora está haciendo a Miss Hannigan en Annie. Obviamente, empezó de “árbol 3”, “sombra 28” (risas), pero audicionó para este papel y se quedó. Jaime tiene un gen de simpatía que no puede con él, es muy divertido. Como papá, debes apoyarlos en lo que quieran hacer.
¿Qué sacrificios silenciosos exige una carrera como la tuya, que el público no imagina?
Que es muy inestable. De repente estás, de repente ya no. Estás de moda, y luego no. De pronto te quieren en todos los proyectos, y después no te quieren en ninguno, y es difícil. Financieramente es complicado; es una carga muy incierta. No es un trabajo de 9 de la mañana a 5 de la tarde toda la semana, y eso tiene sus ventajas, pero cuando te encuentras en un proyecto es muy demandante. Es un poco radical: o todo o nada.
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