El vestido de coronación que usó la reina Isabel II el 2 de junio de 1953 no fue solo un atuendo ceremonial. Fue una declaración de identidad nacional, elegancia y permanencia histórica. La pieza, confeccionada en seda blanca satinada, fue diseñada por el modista británico Norman Hartnell, quien presentó varios bocetos antes de que la entonces joven reina eligiera el diseño final.
Lo que distingue a este vestido es su exquisito bordado con hilos de oro, plata, cristales, perlas y cuentas, que forman los emblemas florales de las naciones del Reino Unido: la rosa Tudor de Inglaterra, el cardo de Escocia, el trébol de Irlanda y el puerro de Gales. Cada símbolo fue colocado estratégicamente en la falda, convirtiendo la prenda en una representación textil del país que Isabel II estaba a punto de gobernar.
Además del vestido, el look se completó con el manto púrpura de terciopelo con armiño, la corona imperial, el cetro y el orbe, creando una de las imágenes más reconocibles del siglo XX. La fotografía oficial de la coronación, donde la reina posa sentada en el trono con este atuendo, se convirtió en un retrato histórico reproducido en libros, billetes y exposiciones alrededor del mundo.
Hoy, el vestido de coronación es considerado una de las piezas más importantes del vestuario real británico, no solo por su valor estético, sino por su carga simbólica: un diseño que unió tradición, diplomacia y moda en una sola silueta, y que sigue siendo referencia obligada cuando se habla de los grandes momentos fashion de la realeza.