El regreso de Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci con sus personajes en El diablo viste a la moda 2 llega con un sabor agridulce, al poner la lupa sobre cuánto ha cambiado el mundo desde 2006, cuando se estrenó la primera película. Hoy, el entorno está completamente digitalizado y las revistas impresas, que en aquel entonces reinaban, se encuentran en peligro de extinción.
La primera película se hizo un año antes de que saliera el iPhone. Es un mundo completamente distinto.
¿La cancelación es censura?
Durante varios fragmentos de la película, vemos a una Miranda Priestly más “suavizada”, sin el cúmulo de comentarios sarcásticos que la caracterizaban. Mantiene su aura fashionista, pero con un tono más contenido.
En una escena, durante una junta editorial, comienza a hablar del “body positive” y lo cuestiona; sin embargo, su asistente interviene de inmediato para evitar que sea cancelada por comentarios que podrían percibirse como parte de un discurso anticuado. Todo esto en un contexto donde, en el entorno digital, se celebran cada vez más los cuerpos diversos.
La icónica escena en la que Miranda lanza su bolsa y su abrigo a su asistente en la primera película es reivindicada en esta segunda entrega. Sin embargo, ahora se reinterpreta desde otra perspectiva: en la historia, es cuestionada e incluso señalada en distintos medios por maltrato laboral, algo que en 2006 podía percibirse como un “privilegio”, pero que hoy resulta inaceptable.
¡Menos print, más redes!
En más de una ocasión dentro de la película, se menciona que la revista Runway impresa está dejando de venderse. Incluso, el personaje de Andy Sachs ahora está enfocado en los artículos digitales, una situación que contrasta con el pasado, cuando el éxito se medía por las ventas de la revista y no por los clics que generaban las notas, como ocurría en 2006.
Miranda Priestly incluso da la indicación de fijar contenido relevante en las redes sociales de Runway, otorgándole a lo digital un peso que antes no tenía. Los tiempos han cambiado, y con ellos, también las prioridades y las figuras clave dentro del mundo editorial, un aspecto que esta nueva entrega explora con claridad.
Presupuesto y anunciantes
Algo muy interesante que plantea la película es que, así como las ventas de la revista impresa disminuyen, también lo hacen los lujos dentro del mundo editorial. Nigel incluso menciona que, hace unas décadas, viajaba con lujo fuera del continente dos veces al mes, mientras que ahora, con suerte, lo hace una vez al año.
Para el desfile de Fashion Week en Milán, deciden recortar el presupuesto destinado a John Legend como artista principal que amenizaría la pasarela de Runway, ya que trasladar su piano excedería el presupuesto. Ante esto, surge la opción de Lady Gaga como una solución “gratuita”, a cambio de aparecer nuevamente como portada de la revista.
Incluso los vuelos en avión privado o de primera clase son eliminados, en una escena con tintes cómicos en la que la propia Miranda Priestly debe viajar en clase turista.
Ocurre lo mismo con los anunciantes. Marcas como Dior —donde Emily trabaja ahora como representante— evidencian un cambio en los roles: es Miranda Priestly quien debe reunirse con la firma para tranquilizar al equipo de la maison ante los artículos de desprestigio en su contra. El objetivo es evitar que retiren su pauta publicitaria de Runway, clave para la supervivencia de la revista.
Sin duda, es una película que está generando opiniones divididas: por un lado, hay quienes celebran el realismo con el que retrata esta nueva era del mundo editorial; por otro, una parte de la audiencia se muestra decepcionada por dejar atrás la versión aspiracional que ofrecía la entrega de 2006. A esto se suma el cambio en la personalidad de Miranda Priestly, quien deja de lado su faceta más feroz que nos enamoró a todos.