Más que un tema, la propuesta se manifiesta como una declaración de principios: la individualidad vuelve a ocupar el centro del guardarropa masculino. Cada hombre es concebido como un universo propio, compuesto por pasiones, recuerdos y tensiones internas. La pasarela se transforma así en una galería contemporánea de retratos vivos, donde cada look funciona como un autorretrato psicológico y sartorial.
La luz modela las siluetas con una sensibilidad renacentista, evocando la profundidad emocional del claroscuro italiano, mientras que los detalles simbólicos revelan fragmentos de historias personales convertidas en estilo.
La sastrería asume un rol esencial, no como un código rígido, sino como una poderosa herramienta de expresión. Los hombros definen el carácter; las construcciones revelan intención; los tejidos y las texturas hablan de memoria y presencia. Terciopelos profundos, lanas compactas, sedas mates y brocados contemporáneos dialogan entre sí, reflejando distintas formas de habitar el mundo.
El desfile se despliega como una secuencia de micro-universos, cada uno representando un “Retrato del Hombre” distinto: el pensador introspectivo, el visionario creativo, el sensualista mediterráneo, el racional estructurado, el romántico inquieto. No se trata de estereotipos, sino de energías humanas interpretadas con autenticidad.
El Retrato del Hombre afirma el estilo personal como el acto supremo de individualidad. Una invitación a trascender la homogeneización global y a recuperar una manera de vestir elegante, profundamente personal y consciente.