La palabra que mejor describe este lugar es exclusividad, y no lo decimos nada más porque alude a la calidad de sus instalaciones y el servicio, sino porque queda perfecta a la hora de hablar del ambiente que se percibe desde que ponemos un pie en esta hermosa finca de los años 50.
Y no es para menos, pues fue ideada como el refugio mediterráneo del príncipe Alfonso von Hohenlohe, quien encontró en sus playas doradas, frente a la imponente Sierra Blanca, un espacio para la relajación y el esparcimiento.
Tras nuestra llegada a Madrid, tomamos un vuelo de menos de una hora a la ciudad de Málaga, de donde parte una espectacular autopista costera hacia Marbella, donde ya nos esperaban. La recepción personalizada en el lobby fue sólo el preámbulo de lo que estaba por venir, pues al momento descubrimos que, en un lugar como Marbella Club, las expectativas siempre, siempre, se quedan cortas.
Un lujo silencioso
Amamos la fiesta y el dinamismo de la playa, pero en Marbella Club, además de eso, se aprecia también la calma, esa que queda perfecta con un buen libro o con el simple contemplar del ir y venir de las olas.
Una vez instalados, nuestra primera parada fue el Beach Club, donde nos esperaba un espectacular almuerzo a base de mariscos como pulpos, gambas y conchas, servido ante una espectacular vista a la playa.
La piscina del lugar invitaba a quedarse, pero había que descansar y refrescarnos en la habitación. El viaje desde la Ciudad de México fue largo, pero la cena en El Patio nos esperaba al caer la noche, y era algo que no estábamos dispuestos a perder.
El lugar, entre árboles centenarios, velas y un ambiente bohemio, es perfecto para una cena o drinks en pareja o entre amigos. La música en vivo y la amplia variedad de vinos y platillos, lo hacen único, sobre todo en noches de luna llena.
El día siguiente empezó con un desayuno en El Grill. Las opciones van desde lo más wellness y saludables, a los más completos y variados, pero todos realizados con los mejores ingredientes, muchos de ellos obtenidos de los terrenos de cultivo de la propiedad.
Horas después realizamos un paseo en bicicleta por el Casco Antiguo de Marbella, donde conocimos los principales puntos turísticos de la ciudad, como sus iglesias y murallas. El recorrido de poco más de 5 kilómetros lo realizamos por el malecón, aunque también se puede hacer por ciclovías y calles alternas.
Nuestra comida fue en el Marbella Club Beach, esta vez a pie de la playa, donde el único sonido, además del choque de las copas al brindar, era el de las gaviotas y la música de fondo.
Entre las sugerencias de la tarde estaban las piscinas y los recorridos por la finca. Optamos por nadar, para después prepararnos para la cena, no sin antes recorrer las boutiques dentro de la propiedad, entre las que destacan Loewe y Louis Vuitton.
El Summer Bar fue nuestro punto de reunión antes de la cena, con la que cerramos un día lleno de actividades recreativas y de relajación. Al día siguiente, tras el desayuno, exploramos las opciones wellness del lugar y, nuevamente, nos sorprendieron gratamente
Naturaleza viva
El punto de encuentro fue el Wellness Desk, donde tuvimos su famoso Ritual Cura de Aloe en el Herbal Spa, de 90 minutos. Ya (aún más) relajados, nos lanzamos a la Finca Ana María para vivir la Experiencia del Tomate, donde conocimos las virtudes y sabores de este fruto que nosotros mismos cosechamos, guiados por un chef experto.
Nuestra cena fue libre. Poder conocer los diferentes restaurantes del lugar fue algo que agradecimos muchísimo, al igual que el room service. Todo, excelente en tiempo y forma.
Nuestro desayuno fue en El Obrador. Para entonces ya habíamos tenido una clase de Tai Chi con una experta, en un espacio silencioso al aire libre, y con vistas a la montaña, en un extremo, y a la playa, en el otro.
Dijimos adiós con un cóctel y almuerzo ligero en Kiosko 54, donde el contacto con la arena y el mar fue total. El lugar es ideal para una última nadada o bien para recoger cristales de mar, que no son otra cosa que suaves vidrios pulidos por el ir y venir de las olas contra la arena.
Dejar el cuarto no fue fácil, pero el transporte desde Marbella Club al aeropuerto de Málaga estaba ya programado. Madrid era la primera parada, y la Ciudad de México, la segunda y última, después de unos días de turismo de altura en tierras andaluzas.